Círculos de crianza

El nacimiento de un niño es una fiesta a la que todos están invitados. Por el hogar del bebé desfilan abuelos, tíos, primos, vecinos y amigos para darle la bienvenida y alimentar el bullicio propio de este feliz arribo; pero después de unos días, la madre ha de quedarse en silencio con su hijo. El padre vuelve al trabajo, los seres queridos a su rutina habitual y este nuevo dúo madre-bebé de pronto se descubre a solas para emprender, muchas veces sin tener la menor idea de lo que vendrá, lo que será su nueva vida.

Muy distinto a lo que ocurría en el pasado, cuando las mujeres que rodeaban a la nueva mamá tejían entre todas una red de apoyo que servía de sostén para ella, que de pronto se veía a sí misma necesitada de ayuda con las labores de la casa, sí, pero sobre todo con el arte de criar a un hijo y de ponerle nombre a ese torrente de emociones que ahora hemos aprendido a guardar.

Hoy en día las mujeres creemos que podemos hacer de todo (trabajar, ser madres, salir con amigas, meditar, hacer ejercicio, comer bien, administrar un hogar, etc.) y salir victoriosas en este acto malabarista de no perder el equilibrio. Y es cierto que tenemos una gran fortaleza, pero lo que a veces perdemos de vista es que criar a los hijos no es una cuestión matemática, organizativa, lógica o de cualquier índole que desempeñemos en nuestros empleos. Convertirse en madre supone un viaje hacia el interior, el cual puede resultar muy duro si se emprende sola.

A veces creemos también que el apoyo que necesitamos es con nuestros hijos: que nos ayuden a cuidarlos, a alimentarlos, a bañarlos o a dormirlos. Y la verdad es que una madre que está agotada porque hace de todo o porque no tiene ese soporte emocional que le da el contacto con otras mujeres madres igual que ella, sí puede llegar a pensar que la solución es todo lo anterior. Sin embargo, una mujer bien acompañada en esta nueva etapa a la que se enfrenta, se siente completamente segura y capaz para cumplir con todas sus funciones.

“Sólo en la medida en que estemos bien sostenidas, estaremos en condiciones de sostener al bebé”, dice Laura Gutman, autora argentina experta en temas de crianza. Y es ante esta profunda necesidad de contar con una red de mujeres con las que podamos hablar y desahogarnos, desnudarnos el alma, resolver nuestras dudas, sentirnos en nuestro mundo y sostenernos unas a otras, que surgieron hace unos años los círculos de crianza. Estos grupos están conformados por mamás deseosas de reconocerse unas en las otras para recuperar su instinto materno y dejar de luchar por cumplir falsas expectativas de lo que debe ser una buena madre.

En estas redes de apoyo podemos hablar un mismo lenguaje, sentirnos comprendidas y al mismo tiempo alimentadas para poder regresar a casa y nutrir a nuestros hijos. Estos grupos emulan, a final de cuentas, a aquellos conformados por las mujeres que honraban su sabiduría femenina y se agrupaban para cobijar con su abrazo a la nueva madre.

Cuando mi hija mayor nació yo vivía en Monterrey y descubrí el grupo de lactancia del centro Nacer y Crecer, al que acudí sólo algunas ocasiones porque después regresé a trabajar y me concentré en otras actividades. Hace tres años que tuve a mi segundo bebé y una querida amiga y partera, Ana Gaby, formó el capítulo de Co.Madres en Tecate, Baja California, donde ahora vivo.

Co.Madres nació en la Ciudad de México, en casa de la partera Laura Cao, donde varias mujeres acudían en el puerperio por las mismas dudas e inquietudes en su nuevo rol de madres. Fue entonces que la doula Lila Guerrero las invitó un día a un parque y las animó a responder sus preguntas en el simbólico y poderoso acto de charlar en círculo. Este primer grupo creció muy rápido y se fue extendiendo a otras ciudades del país.

Cada quince días nos reunimos para platicar de los retos a los que nos hemos enfrentado en ese par de semanas como madres, como mujeres o con nuestra pareja. La riqueza del círculo es que no hay jerarquías ni juicios entre nosotras. No hay un solo tipo de crianza válido o problemas que estén bien o mal, simplemente hay situaciones que no sabemos muy bien cómo manejar y las mujeres a nuestro alrededor nos comparten si les ha pasado algo similar y cómo lo han trabajado.

En estos grupos de apoyo las mujeres nos mostramos sin máscaras y nos vemos unas a otras tal como somos y nos sentimos en realidad, porque el deseo profundo de todas las madres primerizas es reconocernos en esta nueva etapa, descubrir en qué nos hemos convertido y asumir esa imagen que de pronto nos parece desconocida cuando nos vemos en el espejo.

Co.Madres para mí es una delicada urdimbre sobre la que puedo descansar, en la que puedo ser yo misma y hablar de mis temores, culpas, complejos, dichas, inquietudes y deseos como madre y como mujer. Las amigas que en este grupo me han abierto su corazón han sido verdaderas maestras en el camino de la maternidad y la crianza. Es como si el sentarnos cada quince días en círculo, todas equidistantes a un centro, nos ubicara en una posición de igualdad y hermandad y nos diera la fuerza suficiente para convertirnos en esa tribu poderosa para sostenernos a nosotras mismas y a nuestras familias.

Hay una sabiduría ancestral en nuestra femineidad que hemos perdido de vista por el ajetreo de la vida moderna y que a la hora de convertirnos en madres es urgente recobrar para no perdernos en el camino. Reunirnos con otras mujeres es recuperar ese conocimiento y ejercer nuestra maternidad con la confianza y la fuerza que da el acompañamiento. Es demostrarnos que, a pesar del individualismo imperante en este siglo, el impulso tribal sigue latente en nuestra esencia.

Sentirse sola y con un millón de dudas cuando nos convertimos en madres no es algo raro ni poco común. Si éste es tu caso, no dudes en buscar apoyo en estos círculos de crianza que seguramente habrá en tu ciudad. Y si te das cuenta de que no existen, siéntete con la confianza suficiente de asesorarte y formar uno tú misma con otras mamás que están esperando que este apoyo llegue a sus vidas.

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